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Por: Leonardo Haberkorn
Cuando semanas atrás se celebró
el día de indio, "charrúa" fue la palabra que más se escuchó en los
homenajes. Fue un error: debió decirse "guaraní". Porque los indios
que mayor influencia tuvieron en Uruguay no fueron los charrúas sino los
guaraníes.
La diferencia
de aportes es tan grande como ignorada. Eso al menos es lo que sostienen
–contra la idea habitualmente difundida– varios de los más respetados
antropólogos e historiadores uruguayos.
De hecho, el
antropólogo Daniel Vidart está preparando un libro para reivindicar a los
guaraníes en general y su aporte al Uruguay en particular. No es el primero
en hacerlo: otros lo han hecho antes pero con poca suerte.
Recordar el
aporte guaraní en la formación del país choca contra dos muros. En primer
lugar, es un asunto incómodo para quienes sostienen que Uruguay se formó
exclusivamente con la inmigración europea. En segundo término, molesta a
quienes mitifican todo lo charrúa.
Lo cierto es
que la mayoría de los uruguayos desconoce la influencia que los guaraníes
tuvieron en la formación de Uruguay.
"El país
a lo largo de la mayor parte del presente siglo ignoró o desdeñó tan
importante aporte étnico, pues un equivocado nacionalismo indigenista, y,
sobre todo, la persecución del afán de un Uruguay blanco, hizo que la etnia
de los cazadores nómades, los charrúas, monopolizara el concepto de lo
indígena en el Uruguay, posición totalmente insustentable de acuerdo a las
modernas investigaciones etnohistóricas, antropológicas y
arqueológicas", escribió el historiador Oscar Padrón Favre en Los
inmigrantes olvidados, un librillo editado por el autor, en Durazno, el
año pasado.
Se comieron
a Solís
A la llegada de los europeos, los
guaraníes podían ubicarse entre las culturas medias de América del Sur: eran
menos desarrollados que la civilización inca pero estaban en un estadio
superior a los pueblos nómades y cazadores, como los charrúas. Habían aprendido
a plantar la mandioca y vivían en poblados. Navegaban los ríos en canoas y
eran temibles guerreros. Creían en un paraíso, la Tierra sin mal. Sabían
tejer, eran eximios ceramistas y tenían un gran dominio de la herboristería.
Conocían los usos medicinales y las propiedades de muchas plantas. Entre
ellas, la yerba mate.
Originarios de
algún lugar de la selva tropical, explicó Vidart, ya antes de la conquista
los guaraníes habían llegado al Río de la Plata. "Llegaron entre los
años 1400 y 1500, bajando por los grandes ríos", afirmó el antropólogo.
Fueron guaraníes y no charrúas quienes mataron y se comieron a Solís: eran
los únicos indios de la región que practicaban la antropofagia, no se sabe si
únicamente con fines rituales o también alimenticios.
Al arribo de
los españoles, el área de dispersión guaraní era enorme y estaba lejos de
limitarse al Paraguay como hoy suele creerse: habitaban desde las Guayanas
hasta el Río de la Plata, de los Andes a la costa atlántica brasileña.
Las referencias
históricas a los guaraníes que habitaban nuestras costas a la llegada de los
europeos pronto desaparecieron: se supone que no eran muchos y que su
población fue rápidamente diezmada por las enfermedades que trajo el hombre
blanco.
"Como se
encontraban en las bocas de los grandes ríos –explica el antropólogo Renzo Pi
Hugarte en su libro El Uruguay indígena– fueron los primeros con los
cuales los conquistadores establecieron relaciones. (...) Es probable que
hayan sufrido antes y más que ningún otro grupo los efectos de dolencias
desconocidas para ellos".
Pero no
demorarían en volver y en mayor número, aunque en circunstancias totalmente
diferentes.
La jauja
En 1607 se crearon las misiones
jesuíticas y con ellas comenzaron a surgir a orillas de los ríos Paraná,
Paraguay y Uruguay reducciones de indios impulsadas por los jesuitas.
La inmensa
mayoría de los indios reducidos en las misiones eran guaraníes, que allí
fueron convertidos a la fe católica, aplicaron y perfeccionaron sus
conocimientos ganaderos y agrícolas y aprendieron a desarrollar diversos
oficios manuales.
Las misiones
jesuíticas han suscitado hasta hoy opiniones opuestas. "Para algunos,
fueron santuarios del trabajo y la oración, donde el indio estaba a salvo de
los ataques de los bandeirantes paulistas que venían a buscarlos como
esclavos. Para otros, las misiones fueron simplemente un modo de reunir
indios para su mejor explotación, bajo una fachada de cristianización",
explicó Vidart.
De un modo u
otro, los 30 pueblos que conformaron las misiones reunieron una enorme
población. Padrón Favre anota que, en 1729, cuando Montevideo tenía apenas
300 vecinos, las misiones estaban pobladas por 140.000 habitantes.
El principal
recurso alimenticio para semejante población era el ganado vacuno que se
había multiplicado prodigiosamente en la Banda Oriental, ya conocida como la
Vaquería del Mar.
Para
aprovisionar a sus pueblos, los jesuitas enviaban al sur de la Banda Oriental
a grupos de 60 troperos guaraníes que, acompañados de dos sacerdotes y de una
tropilla de caballos, efectuaban gigantescas arreadas de vacunos hacia el
norte. Fue entonces cuando los guaraníes comenzaron a volver a la Banda
Oriental.
"En todas
estas excursiones –explicó el antropólogo Vidart– había indios que
desertaban, porque la disciplina de las misiones era muy severa y la
tentación de la libertad era muy fuerte. ¡En las misiones hasta para fornicar
había que obedecer el toque de campana!. Ellos ya sabían que esto era la
jauja, el paraíso de los pobres: había comida de sobra y se la podía obtener
con un mínimo esfuerzo: aire fresco y carne gorda. Era un imán muy poderoso.
Cada una de aquellas excursiones dejaba más guaraníes radicados en la Banda
Oriental".
Carne de cañón
Los guaraníes también escaparon de
las misiones huyendo de las repetidas epidemias. Pero fueron muchos más los
que llegaron a la Banda Oriental como soldados al servicio de la corona
española, que muchas veces los reclutó para servir en sus ejércitos. España
se valió repetidamente de los guaraníes de las misiones para combatir en
nuestro actual territorio a los portugueses y charrúas.
Por ejemplo:
miles de guaraníes llegaron varias veces para atacar a los portugueses en
Colonia. La primera vez fue en 1680, pero luego los ataques se repetirían.
En las
campañas contra los indios salvajes, 2.000 guaraníes se enfrentaron a los
charrúas en 1702, en la sangrienta batalla del Yi, un choque que duró cinco
días.
Luego, entre
1724 y 1726, otros 2.000 guaraníes llegaron para levantar las murallas de la
recién fundada Montevideo.
"En cada
una de estas campañas –relató Vidart– muchos indios desertaron. Desertaban
los inadaptados al muy estricto sistema misionero, tentados por los salarios
que les ofrecían los estancieros que sabían que los guaraníes eran mano de
obra calificada. Y en las misiones los guaraníes trabajaban sin recibir
ninguna paga".
Decadencia
misionera
Pero la cantidad de guaraníes que
se radicaron en campos de la Banda Oriental aumentó considerablemente a
partir de 1750, cuando comenzó la decadencia del sistema misionero. Ese año,
España entregó a Portugal parte de las misiones a cambio de Colonia. Los
guaraníes se resistieron al acuerdo, por temor a ser esclavizados por los
lusitanos. En 1754 se revelaron pero, tras dos años de guerra fueron
vencidos. En esos años, muchos escaparon y llegaron a estas tierras.
Existe la
constancia histórica de que 3.000 guaraníes fueron llevados por los
portugueses a Viamao, en Río Grande, pero esa población desapareció en pocos
años y se supone que muchos escaparon a campos orientales.
Los
investigadores Rodolfo González Rissotto y Susana Rodríguez Varese han
comprobado que, en muchos de los archivos parroquiales del Uruguay, existe a
partir de la década octava del siglo XVIII, la constante definición o
expresión: "indio natural de Viamao".
El proceso de
llegada de guaraníes a la Banda Oriental aumentó aun más en 1767, cuando
España expulsó a los jesuitas. El sacerdote alemán Martin Dobrizhoffer dejó
constancia que 15.000 guaraníes "se dispersaron en los campos más
remotos sobre el Uruguay, para tener pronto su alimento porque allí abunda el
ganado".
Finalmente,
existen otros tres momentos en que grandes grupos guaraníes llegaron a la
Banda Oriental. Cuando Portugal tomó para sí las misiones ubicadas al oriente
del curso norte del río Uruguay, en 1777, muchos huyeron al sur para no
quedar bajo el gobierno de sus antiguos enemigos. En 1820 cuando Artigas fue
vencido y buscó refugio en Paraguay, 4.000 guaraníes que eran su último apoyo
en Corrientes, Entre Ríos y Misiones, cruzaron a refugiarse en la Banda
Oriental. Y, finalmente, en 1828, cuando Rivera reconquistó las misiones
orientales, entre 4.000 y 10.000 guaraníes ingresaron con él al actual
territorio uruguayo.
Arriba de la
mesa
¿En definitiva cuántos guaraníes
llegaron a vivir en Uruguay?.
González
Rissotto y Rodríguez Varese investigaron años atrás las actas de bautismos y
defunciones existentes en los registros parroquiales desde la época colonial hasta
1851 y detectaron casi 30.000 pobladores guaraníes.
"¿Usted
cree que alguien citó nuestro estudio? No, nadie. No tuvo ni una sola
mención", relató González Rissotto. "Lo que pasa es que hay una
mentalidad que privilegia el aporte europeo, que fue muy importante pero no
fue el único. Y por otro lado, las nuevas reivindicaciones indigenistas
desconocen todos los estudios serios, son un mamarracho. Los que saben que
tienen un antepasado indígena dicen: 'yo tengo un antepasado charrúa', porque
la gente común repite lo que siempre le han dicho. Pero la verdad es que el
mestizaje indio que existió fue en su casi totalidad guaraní".
"Nosotros
encontramos cerca de 30.000 guaraníes registrados hasta 1851. En el mismo
lapso, en los mismos registros, los charrúas no llegaban a 100. Yo tengo
30.000 fichas para poner arriba de la mesa. ¿Qué tienen ellos?", agregó
el investigador, que hoy se desempeña como ministro de la Corte Electoral.
Para la escasa
población que entonces tenía el país –algo más de 70.000 habitantes al
momento de la independencia– la cifra de fichas parroquiales de indios
guaraníes es muy importante.
Además, esos
indios –a diferencia de los charrúas– sí se mestizaron. La población charrúa
en la Banda Oriental –que según las fuentes más serias jamás sobrepasó las
5.000 almas– nunca aceptó la religión cristiana ni las pautas de conducta y
trabajo que traían los europeos. Tampoco aceptaron mezclarse con los blancos.
"El charrúa fue hasta el final un grupo endógamo, muy cerrado. Obviamente,
algún cruce existió, pero fueron casos aislados, excepcionales. El 95% de
quienes tienen algún antepasado indio, tiene sangre guaraní y no
charrúa", sostuvo Vidart.
En cambio, los
guaraníes llegados de las misiones, habían aceptado la fe católica, formaban
familias monogámicas, dominaban las técnicas agrícolas y ganaderas del campo
y habían aprendido los oficios manuales que traían los europeos: estaban en
condiciones ideales de asimilarse sin problemas a la población de campaña.
"Esa
población indígena, preparada en una serie de oficios manuales, con tradición
de agricultores y criadores de ganado vacuno y ovino, muy religiosa, se
integró con suma facilidad a la sociedad hispano criolla", sostiene
Padrón Favre en una de sus obras.
"Esos
guaraníes acristianados, destribalizados y eurotecnificados forman parte de
la fuerza de trabajo calificada que lleva adelante la ganadería y la
agricultura en el país", anotó Vidart.
Justamente,
para integrarse, la gran mayoría cambió sus apellidos. "Llevar un
apellido indio –agregó el antropólogo– era un lastre, ser indio conllevaba
una aureola de desprecio. Una enorme cantidad de paisanos de apellidos como
González, Pérez, Rodríguez, no eran españoles, sino guaraníes".
La sangre
Aunque los guaraníes selváticos
sobreviven hasta hoy, casi todos los llegados a Uruguay provenían de las
misiones jesuíticas. Es por eso que esos indios no trajeron a la Banda
Oriental su cultura original.
"Los
guaraníes que llegaron aquí estaban deculturados y destribalizados. Su
cultura original se la habían hecho pedazos en las misiones. Aquello, en lo
que refiere a la cultura, fue una máquina de picar carne. La mayor parte de
las cosas que trajeron esos indios fueron elementos de la cultura popular
española, como el uso de la guitarra. Es verdad que trajeron el conocimiento
de las plantas medicinales, pero las nociones de enfermedad, tratamiento y
cura son de los españoles", señaló Pi Hugarte.
Pero pese a
todo, los guaraníes dejaron una huella notoriamente mayor que la de cualquier
otro grupo indígena.
La más visible
herencia guaraní está en los nombres de casi todos los accidentes geográficos
uruguayos que llevan nombres guaraníes, como Aiguá, que quiere decir
manantiales, o Batoví, que significa seno de mujer.
La lista es
extensísima. Por ejemplo, casi todos los ríos del país tienen un nombre que
deriva de una voz guaraní: Arapey, Cebollatí, Cuareim, Daymán, Queguay,
Tacuarembó, Tacuarí, Yi. Por supuesto, Uruguay también es un nombre guaraní.
"¿Por qué
todos los lugares tienen nombre en guaraní?. Porque quienes vivían ahí
hablaban guaraní. Eso es de una claridad meridiana", sostuvo González
Rissotto.
Vidart explicó
que en campaña, hasta 1830 o 1840, el idioma era el guaraní. "Esto duró
hasta que comenzó el aluvión migratorio, cuando el europeo comenzó a exigir
que se hablara el castellano".
Incluso
algunas palabras –especialmente nombres de especies animales y vegetales–
sobrevivieron y hoy se usan, incorporadas al castellano: ñandú, ombú, jaguar,
tararira, yacaré, yarará, entre otras.
Casi todos los
entrevistados destacaron que los guaraníes trajeron y dejaron algunos usos
que aún perduran especialmente en el campo. Vidart explicó que la costumbre
de cultivar hortalizas vino con ellos: "Antes de su llegada, en el campo
oriental comer verde era para animales. También trajeron su conocimiento
sobre las virtudes de los yuyos, lo que perdura hasta hoy".
Incluso la más
típica de las costumbres uruguayas tiene origen en el conocimiento de las
hierbas que tenían los guaraníes: el consumo de yerba mate. Los guaraníes
sabían de las virtudes de esta planta, aunque la consumían de otro modo:
macerándola y masticándola.
El otro gran
aporte guaraní al Uruguay fue el de la sangre. "Muchos miles de
uruguayos descienden de ellos", sostuvo Padrón Favre. Vidart coincidió:
"el componente amerindio de nuestra sociedad es guaraní, no
charrúa". Pi Hugarte también: "es indudable que el chinerío de
campaña, que todavía se ve en los bordes de los pueblos, esa gente de rasgos
indios, de pelo chuzo, son descendientes de guaraníes de las misiones y no de
charrúas, que nunca se mezclaron con el blanco".
El olvido
¿Cómo pudo suceder que un país
que lleva nombre guaraní, que tiene al mate como bebida nacional olvidara tan
terminantemente el aporte de estos indios?.
Para Pi
Hugarte la razón está en que "los guaraníes llegaron tarde y
deculturados. Rápidamente se mezclaron con una población muy variada que
había en la campaña: se fundieron en la formación de la nueva sociedad".
Otros
entrevistados marcaron que, además, existió un deliberado olvido, ya sea para
remarcar la "pureza blanca" del Uruguay o para apoyar la creación
de un mito charrúa.
Hubo una
tendencia de los nacionalismos de fines del siglo XIX, que se repitió en toda
América, explicó Padrón Favre. "Cada país trataba de tener un indio
propio. Ahí apareció el azteca como símbolo de México, a pesar de que en ese
país vivieron y viven otra gran cantidad de pueblos indios; el guaraní quedó
identificado sólo con Paraguay; y en Uruguay apareció el charrúa como
símbolo".
"Y se
eligió a los charrúas –continuó el historiador– por una razón muy simple:
porque estaban muertos. En esa época había un racismo muy fuerte. El progreso
era posible únicamente si éramos un país 100% blanco. Entonces si los únicos
indios de Uruguay habían desaparecido, éramos un país homogéneamente blanco,
el único de América. Y como estaban muertos, reivindicar a los charrúas no
tenía ningún efecto social".
La
historiadora Ana Ribeiro realizó un análisis similar. "En 1930 se
construyó en Uruguay el imaginario de un país joven, poderoso, blanco y
orgulloso. Estaba claro que no se podía ser blanco y magnífico si se tenía un
antepasado indio. Entonces ahí aparecieron los charrúas: el indio indómito,
ejemplo de heroísmo y valentía, un pasado muy lejano que no manchaba la
pureza blanca del nuevo país ni ofrecía ningún peligro: como estaban todos
muertos podían ser elevados a la categoría de emblema, de mito. Lo mismo pasó
con los gauchos: mientras existieron fueron considerados un peligro, un mal.
Cuando dejaron de existir, pasaron a ser reivindicados".
La elección no
pudo ser más afortunada: "Para el pueblo resultó mucho más atractivo
identificarse con el indio rebelde, que se sacrificó, que nunca aceptó al
europeo ni al cristianismo, que recordar a los guaraníes que, en cambio,
trabajaron humildemente al servicio de cualquier encomendero", explicó
Ribeiro.
Nuevo intento
Vidart escribe sobre los
guaraníes porque cree que se está cometiendo una gran injusticia histórica.
"De los guaraníes que pelearon con Artigas ya ni se habla. Se habla
mucho del caciquillo charrúa Manuel Artigas, pero de Andresito, Sotelo, Sití,
los caciques guaraníes artiguistas, nadie se acuerda. Fueron mucho más
numerosos los guaraníes que los charrúas comprometidos con Artigas. En la
lucha contra los portugueses murieron muchos más guaraníes que todos los
charrúas juntos. Cuando Artigas habla de repartir tierras a los indios, habla
de guaraníes, no de charrúas".
Al igual que
Vidart, todos los especialistas consultados no dudan que los guaraníes
dejaron una huella mucho más importante que los charrúas en la formación del
Uruguay.
"El único
aporte de los charrúas a la nueva sociedad fue el uso de la boleadora... y ya
prácticamente no se usa más. Sacando eso, no dejaron otra cosa", dijo Pi
Hugarte.
Para Vidart
"los charrúas sólo dejaron un extraordinario ejemplo de valentía, de
resistir hasta las últimas fuerzas. Pasaron como una sombra heroica, pero no
dejaron huellas en nuestro pueblo. No puede atribuírseles un aporte
demográfico y cultural que no tuvieron. Y no se puede equipararlos al peso
efectivo que sí tuvieron los guaraníes en la formación del Uruguay".
De todo eso
hablará el nuevo libro de Vidart, una de las figuras más reconocidas y
destacadas de la ciencia uruguaya.
Es de esperar
que la nueva obra tenga más suerte que la que han tenido los anteriores
intentos por poner las cosas en su lugar.
Levantadores
de ciudades
Los guaraníes tuvieron un
importante papel en la fundación de varias de las actuales ciudades y pueblos
de Uruguay.
Los
arqueólogos Leonel Cabrera y María del Carmen Curbe lo, en su trabajo Aspectos
sociodemográficos de la influencia guaraní en el sur de la antigua Banda
Oriental, ilustran sobre varios casos. Paysandú, por ejemplo, nació como
un puesto de avanzada para las expediciones misioneras a la Banda Oriental en
busca de ganado. Idéntico origen tiene San Javier.
En 1724, 1.000
guaraníes, acompañados por dos religiosos, llegaron a Montevideo para
levantar sus murallas. Cabrera y Curbelo señalan que los indios misioneros
también levantaron las primeras fortificaciones de Santa Teresa y Maldonado.
Más adelante
en el tiempo, "cuando se erigieron villas planificadas, los indios
misioneros constituyeron la mano de obra fundamental'". Dos ejemplos:
fundadas en 1783, San José y Minas fueron levantadas por indios misioneros.
Un año después
de comenzada la construcción de Minas. Diego de Alvear señalaba según cita el
trabajo: "Extramuros es un arrabal de rancho de paja, vivían 300 indios
tapes o guaraníes de las misiones del Uruguay y Paraná, los cuales bajo la
conducción de un Sargento de Dragones sostenían todo el peso del trabajo de
aquellas obras, que aun se continuaban".
Además
–explicó Cabrera– los primeros habitantes de Maldonado fueron guaraníes y
también en Pando parte de la población fundacional provino de las Misiones.
Otra ciudad de
origen guaraní es Bella Unión. En 1828 esa localidad fue fundada con el
nombre de Santa Rosa del Cuareim para albergar a miles de guaraníes que
habían llegado a Uruguay con Rivera, tras su conquista de las Misiones
Orientales.
Cuatro guaraníes entre los 33 Orientales
Muy de vez en cuando se recuerda
que entre los 33 Orientales –que como se sabe no fueron 33 sino más
probablemente 40– hubo cuatro paraguayos. Lo que nunca se dice es que esos
cuatro paraguayos eran de origen guaraní.
Para el
historiador Oscar Padrón Favre, "los 33 Orientales son un muestreo de lo
que era la sociedad de entonces: había patricios como Manuel Oribe;
caudillos, como Juan Antonio Lavalleja; gauchos, como Andrés Cheveste; negros
esclavos, como Dionisio Oribe y Joaquín Artigas; y cuatro paraguayos de
origen guaraní".
Su colega
Aníbal Barrios Pintos publicó en 1976 en "El Día" dos artículos
destacando la estirpe guaraní de Pedro Antonio Areguatí, Felipe Patiño,
Francisco Romero y Luciano Romero, todo integrantes de la cruzada
libertadora.
De los Romero
se conoce poco, ni siquiera se sabe si eran hermanos. Se incorporaron a la
expedición en las islas del Paraná, donde vivían. Francisco se cambió luego
su apellido por el de Lavalleja. Luciano combatió con los patriotas en la
batalla de Sarandí.
Felipe Patiño
era conocido como "Carapé", voz guaraní que quiere decir petiso.
También combatió en Sarandí.
En el caso de
Areguatí su apellido no deja dudas respecto a su origen: En su acta de
defunción, conservada en una parroquia de Paysandú, consta su origen
misionero. El documento dice: "El 14 de julio de 1891 di sepultura a
Pedro Antonio Arehuatí, natural de Misiones, donde era casado. Fue uno de los
33 que acompañaron al general Lavalleja. Recibió sacramentos. Doy Fe". Y
firma el sacerdote Solano García.
Barrios Pintos
cuenta que Areguatí había combatido antes en la campaña libertadora de Perú:
durante 17 meses se negó a cobrar el sueldo de soldado, por entender que la
causa patriota necesitaba más del dinero. Luego, fue prisionero de los
portugueses entre 1816 y 1822. Pero una vez libre volvió a servir a la causa
libertadora.
En 1842
Uruguay otorgó un premio en efectivo a todos los 33 Orientales. Areguatí no
se presentó a cobrarlo.
Un
apellido que se mantiene
Aunque la mayoría de los
guaraníes que se instalaron en la Banda Oriental cambió su apellido para
integrarse más fácilmente a la sociedad criolla, no todos lo hicieron.
Algunos apellidos guaraníes todavía subsisten hoy en la población uruguaya.
Uno de ellos
es Arapí. El músico folklorista Tabaré Arapí conoce su origen guaraní.
"En Paraguay me explicaron que mi apellido quiere decir 'gran
cielo'". Arapí, que también es profesor de historia, averiguó que sus
antepasados llegaron tras la campaña de Rivera en las Misiones, en 1828 y se
establecieron en Durazno.
"El
apellido se transmitió por vía materna, hasta mi abuelo. Quizás como las
mujeres de entonces tenían tan pocas posibilidades de ascenso social, no les
interesó cambiarse el nombre", conjeturó Arapí. "Luego mi abuelo
obtuvo prestigio como baqueano al servicio del ejército batllista y el
apellido quedó. Yo lo recibí por vía materna: es mi segundo apellido y lo uso
corno nombre artístico".
Arapí coincide
en que la mayor parte de los uruguayos desconoce el aporte guaraní. Según su
punto de vista, el fenómeno tiene que ver con varios factores: un menoscabo
del aporte indígena en general, el pensamiento equivocado respecto a que los
guaraníes sólo habitaron el Paraguay y el rechazo que para algunos significa
comprobar que los guaraníes combatieron y fueron enemigos de los charrúas.
"Los
charrúas influyeron más entre los gauchos, pero los guaraníes se incorporaron
a los paisanos: fueron ellos quienes terminaron adaptándose a la nueva sociedad,
trabajando el campo y ayudando a crear el Estado moderno".
ATENEO DE
LENGUA Y CULTURA GUARANI
Guarani
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